-
- No
es una cuestión de ignorantes, pues todo el mundo recurre
cotidianamente, y con frecuencia diariamente, a alguien, persona o
institución, que pueda predecir un futuro cercano y en ocasiones
lejano. Quiere saber sobre su futuro quien acude doliente al médico
para curarse de su mal y le pregunta cuándo se curará o, más
resignadamente, si su enfermedad le permitirá seguir disfrutando
de la vida. También quiere saber su futuro quien tiene todos sus
ahorros en la Bolsa y acude a su agente para que le informe de sus
predicciones sobre el futuro económico de las empresas en las
cuales ha invertido su dinero. Del mismo modo, los hombres del
tiempo nos vaticinan sin mucho convencimiento sus pronósticos
para mañana o pasado mañana, y los políticos realizan sus
planes con un año de antelación, mientras consultan febrilmente
los sondeos de opinión que les vaticinan un concreto número de
votos.
- También
ejercen de adivinos aquellos que aseguran a su díscolo hijo que
se matará si sigue corriendo velozmente con su destartalada
motocicleta, lo mismo que quienes aseguran a su joven hija que se
quedará embarazada pronto si insiste en no emplear ningún
anticonceptivo.
- No
hay nadie, o casi nadie, que no realice en su vida vaticinios y
predicciones del futuro, ni siquiera el labriego cuando asegura
que lloverá porque el aire “está cargado de humedad”,
ni los ejecutivos de esa agencia de marketing cuando
recomiendan sacar al mercado determinado producto que “arrasará
el mercado”. Sin embargo, y a pesar de que todos efectuamos
nuestras predicciones, nadie tiene tan poco prestigio científico
como los futurólogos y adivinos. Enfundados en sus casacas
floridas, rodeados de una parafernalia impresionante y con mil y
un sistemas para predecir el futuro,
se enfrentan a los incrédulos tratándoles de demostrar
que el futuro no solamente es predecible, sino modificable.
- Y
es que su misión en esta vida está mal entendida, puesto que
aunque con frecuencia traten de hablarnos demasiado de nuestro
pasado (algo que ya sabemos sin necesidad que nos lo expliquen) y
poco del futuro, sus palabras en general tratan de darnos aliento
y confianza en el porvenir, ese lugar en el tiempo que siempre
llega, salvo en el momento de nuestra muerte. Por eso, escuchar a
un adivino no es propio de ignorantes (aunque en ocasiones ellos
son los ignorantes), sino solamente de personas que buscan
consuelo en alguien que les asegure que cualquier tiempo futuro
será mejor. Ese cometido debería formar parte de la familia o
amigos, pero con demasiada frecuencia escuchamos más palabras
desalentadoras que estímulos y demasiados malos augurios que
buenos presentimientos, por lo que acudir a un futurólogo experto
es siempre una terapia saludable.
- La fe mueve montañas,
dicen, y puestos a tener fe en algo prefiero tenerla en quien me
asegura que próximamente (este término puede indicar días o años)
seré feliz, fuerte, rico o intensamente amado. Quien guste de
escuchar reproches por el pasado, quejas por el presente y
amenazas hacia el futuro, seguro que encontrará muchas personas a
su alrededor dispuestas a explicárselo con todo detalle, pero yo
prefiero, si me permiten, lo otro: los buenos augurios.
-